El coste de la identidad

ESTEBAN ORDÓÑEZ· San Vicente

“Los graffiteros se comunican a través del estilo y la calidad de los dibujos. Es difícil de parar, quieren expresarse y el graffiti es su seña de identidad”, sentencia el Jose Antonio Durendez, ex-graffitero y militar. Los tags, la mayoría de rúbricas que enturbian el espacio público, son simplemente eso, señas de identidad. Sin embargo, el graffitero profesional, Lauder López, separa esta práctica de los murales creativos: “Son importantes porque sirven de toma de contacto inicial con el movimiento urbano, aunque no tienen nada de artístico y son los que más ensucian”. Esta modalidad de firma nació en los 60 y es el escalón más bajo dentro de la pintura urbana por su rapidez y su pobre elaboración. Los expertos la consideran la base del graffiti. En un principio no existía guerra de estilos y la marca se limitaba a escribir el nombre el mayor número de veces posible y con letra legible. El liderazgo dentro de los grupos lo obtiene el que más cara sitúe la prima de riesgo de su nombre.

Vicente Cerdá Pomares, Inspector de Policía de San Vicente, coordinó durante siete años la persecución de los escritores urbanos y se ha especializado en el tema a nivel policial y psicosocial. Para él, la motivación básica de estos trazos, que oscilan del arte al vandalismo, es la integración en grupos de iguales que secundan una óptica rebelde y disocial.

La mujer tradicional de San Vicente borda de espaldas a los 'tags'

 

Reciclaje a brochazos

La autorrealización de estos jóvenes ocasiona gastos millonarios a los ayuntamientos. Alicante invierte unos 60.000 euros anuales en la reparación de daños. La capital de la comunidad invierte 865.000 euros anuales en limpiar las pintadas de dos millones de metros cuadrados. Algunas ciudades como Alicante o San Vicente están reduciendo los gastos al incorporar las labores blanqueo como un servicio a la comunidad dentro del régimen penitenciario. Aunque, como insiste el concejal de parques y jardines de San Vicente, Francisco Javier Cerdá, nada reduce tantos costes como la persistencia: “Al incorporarme a mi puesto del ayuntamiento, las tapias del cementerio acumulaban muchas pintadas, entre las que podían leerse palabras malsonantes. Lo pintamos todo de blanco y, asumiendo el contraataque de los graffiteros, dejé allí un par de botes de pintura. Cada mañana los trabajadores del cementerio inspeccionaban los muros y borraban los nuevos tags. Estábamos eliminando continuamente su identidad y a los pocos días desistieron. Llevamos dos años sin tener que pintar la pared”. Una patrulla de limpieza, compuesta por desempleados de Emcorp, repasa periódicamente las calles de San Vicente. La apuesta por un mantenimiento constante ha reducido a 10.000 euros las reparaciones que podrían haber ascendido a 300.000 euros.

La autorrealización de estos jóvenes

ocasiona gastos millonarios a los ayuntamientos.

Alicante invierte unos 60.000 euros anuales

en la reparación de daños”

Pero la carga económica no se limita a los bienes de titularidad pública, también los garabatos en propiedades privadas y comercios manchan la prosperidad del municipio. “Cualquier deterioro de imagen perjudica a San Vicente. He sido también concejal de comercio y es necesario limpiar las calles y reactivarlas para que los negocios avancen”, advierte el edil popular.

Rebeldes organizados

Pero la actuación de los graffiteros no se limita a marcar insignias en las fachadas y a la rebeldía inherente a los adolescentes, la raíz de estas reivindicaciones artísticas alcanza el subsuelo delictivo. El inspector Vicente Cerdá Pomares distingue dos perfiles dentro de los escritores urbanos. Hasta los 14 años, “pintarrajean” y marcan su territorio con su firma. Además cada grupo respeta un emblema genérico que responde, normalmente, a la zona geográfica. A partir de los 19 o 20, la travesía incrementa el riesgo -y el daño-. Graffitean trenes, ambulancias, autobuses. “La mayoría son muraleros que ganan dinero por su trabajo, pero esto no les disuade de asumir retos mayores y de generar con ellos apuestas por internet”, asegura el inspector.

Los grafólogos analizan los rasgos, aunque

cambien el término o pseudónimo,

los contornos de las letras delatan al autor”,

asegura el Inspector Cerdá

Cerdá fue el responsable de la caída de La Vaga, una banda localizada en San Blas cuyos miembros alcanzan la treintena. Es una red organizada con contactos en toda España. Han esmaltado desde helicópteros a palacios y edificios de interés histórico. La operación ha triunfado gracias a la red interna de comunicación impulsada desde la policía local de Alicante. Además, el empleo de peritos grafólogos está facilitando la identificación de los autores. Con su experiencia el escritor urbano Lauder López duda de la eficacia de estos métodos: “Van a intentar ir contra los que firman en lugares emblemáticos de la ciudad, pero esos son los mejores y no los van a coger”. Se suma a esta opinión el catedrático de Pintura Urbana de la titulación de Bellas Artes, de la Universidad Miguel Hernández: “En los murales más artísticos, los autores incorporan diseños muy complejos y, al final, resultan totalmente ilegibles. Muchas veces utilizan varios tags y es muy difícil dar con ellos”. Pero el inspector de San Vicente asegura que “estando atento, todos caen”. El cambio de firma o emblema no influye en el análisis de las pintadas, “los grafólogos analizan los rasgos, aunque cambien el término o pseudónimo, los contornos de las letras delatan al autor”, matiza Cerdá, que acumuló en cuatro años 200 intervenciones con detenciones y multas.

El costado del Cine-teatro La Esperanza de San Vicente, con más de 50 años de historia: terreno marcado.

Sprays pedagógicos

A pesar de todo, la rebeldía incallable de estos artistas callejeros no desaparece del todo. Por eso se plantean iniciativas para promover un graffiti sostenible, que desarrolle al mismo tiempo la faceta artística y el respeto por los bienes comunitarios. La profesora de Plástica del IES 1 de Jávea (Alicante), Marga Rodrigo, ve crucial la actuación en centros escolares, que son auténticos hervideros de conductas antisociales. Las pintadas “cutres y ofensivas” que ensuciaban el instituto le impulsaron a crear el taller Graffitis Civics. Desde la dirección del centro se propuso un intercambio: “Los estudiantes no ensuciaban el edificio y nosotros les permitíamos expresarse libremente”, cuenta la profesora. El graffitero profesional y gerente de Monkey Business, Diego Apesteguia, impartió las clases teóricas y prácticas del taller. Los alumnos propusieron sus diseños y los organizadores seleccionaron 40 para que se dibujaran en los murales. Marga Rodrigo rechaza las medidas represivas y apoya la creatividad porque “si los chavales tienen un don artístico, deben enfocarlo a un bien público o a una carrera profesional”. Así se busca erradicar los daños futuros y que la inquietud creativa prospere y no se pierda marcando el terreno en cada esquina.

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